Crimen y justificación
de Antoño Retoño
“Antoño Retoño mató a su mujer
con siete pistolas y un alfiler;
le sacó las tripas, las llevó a vender;
-¡a siete reales, son de mi mujer!”
(Anónimo)
Antoño Retoño viene
por los prados de
tomillo
moviendo con sus
canciones
las copas de los olivos.
Viene alegre porque
ignora
que está listo su
destino
a mezclar aguas de muerte
de su sangre al rojo
vino.
- ¿Qué hiciste Antoño en
tu casa?
¡Preparaste tu martirio!
Ya están alzando en la
plaza
una horca de dos pisos.
Te buscan guardias
civiles
por ventas y por
caminos,
que llevan orden de Prim
de traerte muerto o
vivo.
-De todo lo que me pase
a mí se me importa un higo,
que soy Antoño Retoño
cuñado de un arzobispo,
y tengo una entrada al
cielo
firmada por Jesucristo.
-¡Ay, Antoño, no blasfemes!
Más te valiera ser
tísico
o tener una chumbera
floreciendo en el
ombligo,
que toda la villa dice
que no eres un buen
marido.
-¡De villas murmuradoras
se me importan tres
pepinos!
Mi mujer va por el cielo
con un hermoso vestido
de randas y lentejuelas,
lleva un pañolón tejido
con rosas y cacahuetes,
que ha de costar un
sentido.
y el Primado de Toledo
le da aire con su
abanico.
Le llevan la cola siete
ángeles de azucarillo,
y, porque no pise el
suelo,
un capote le han tendido
con un trocito del cual
se piensa hacer San Basilio
un relicario muy mono
bordado en cuentas de
vidrio.
Si yo le saqué las
tripas
ése es un asunto mío;
que tripas de la mujer
son las tripas del
marido,
y las cosas de mi hogar
yo solo las determino.
-Ya se lo dirás al juez.
-No será el juez tan
cretino
para en las vidas ajenas
andar metiendo el
hocico.
Pero si mucho pregunta,
por no ser descomedido,
le diré cómo pasaron
las cosas, en mi
sentido.
Yo tengo siete pistolas,
que siempre las he
tenido,
y las llevo en la
cintura
por si algún entrometido
me mirara de reojo
o con un ojo de vidrio;
y un alfiler con que
prendo
a mi solapa el ramito
de yerba buena y
claveles
que las mozas del
partido
me dan cuando ando de
juerga
con mi amigo Lagartijo,
o con el Duque de Osuna
y otros muchachos
corridos.
Ayer salí de la venta
del Paco, ya oscurecido;
las estrellas alumbraban
el cielo recién nacido
en el que las nubes blancas
eran pañales de armiño;
la vía láctea chorreaba
como un seno primerizo
gotas de fósforo verde
sobre corderos dormidos,
y el río estiraba el
cuello
su largo cuello de
lirio,
para ver a qué jugaban
en el salón del Casino.
Yo estaba un tanto beodo,
Yo estaba un tanto beodo,
y no por causa del vino,
sino a causa de unos
versos
que me leyó Federico,
que entre cabeza y
sombrero
me andaban haciendo
ruido.
Y cuando llegué a mi casa,
Y cuando llegué a mi casa,
entre las tres y las
cinco,
hallé a mi mujer dormida
sobre cojines moriscos.
El cabello le caía
por los hombros de
jacinto
hasta los pies de una
higuera
que hay a kilómetro y
pico.
¡Nunca la viera tan
bella!
y, para mayor deliquio,
en la orla de su falda
dormían siete gatitos
verdes, azules y lilas
como pájaros teñidos.
Me quedé mirando un rato
aquel juguete tan fino,
y, como los churumbeles
-yo siempre he sido muy
niño-,
quise ver de qué manera
funcionaba el mecanismo,
y así le saqué las
tripas
por puro cientificismo.
Pistoletazos le daba
y ella devolvía gritos;
era como un juego de
ecos
que estuvieran
confundidos,
y por fin entregó el
alma
de perfume y de suspiro
cuando el alfiler de oro
le clavé cerca del
píloro.
Después le saqué las
tripas
-¡ay, qué bonito!-,
parecían de coral,
pero del coral más fino
recién sacado del mar
con algas y pescaditos.
Medirían, más o menos,
doscientos metros
cumplidos.
Y si las llevé a vender
es porque soy su marido.
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