La eutrapelia es virtud aristocrática, propia de quien posee agilidad espiritual, por la cual es capaz de volverse fácilmente a las cosas bellas, joviales y recreativas, sin lastimar por ello la elegancia espiritual...
viernes, 19 de diciembre de 2014
Búho cariñoso
sábado, 6 de diciembre de 2014
† El Chavo: 1929-2014
viernes, 18 de julio de 2014
Tarjetas de San Valentín....
viernes, 11 de julio de 2014
jueves, 10 de julio de 2014
Los teléfonos móviles y la literatura
Por Hernán Casciari
Anoche le contaba a mi nieta un cuento infantil muy
famoso, el de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm.
En el momento
más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las
estratégicas bolitas de pan, un sistema
muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y
Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer.
Mi nieta me
dice, justo en ese punto de clímax narrativo...No importa. Que lo llamen
al papá por el celular.
Entonces pensé, por primera vez, que mi nieta no
tiene una noción de la vida ajena a la inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí
qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono
móvil hubiera existido siempre, como cree mi nieta.
Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático,
cuántas tramas hubieran muerto antes de
nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más
célebres de las grandes historias de ficción.
Piense el
lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le
ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la
esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es
elevado o popular, no importa la época ni la geografía. Piense el lector, ahora
mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con
nudo y con desenlace. ¿Ya está?
Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del
protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con
cobertura, con conexión a correo electrónico y Chat, mensajes de texto y con la
posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda. ¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama
como una seda, ahora que los personajes
pueden llamarse desde cualquier sitio,
ahora que tienen la opción de chatear, generar
videoconferencias y enviarse mensajes de
texto? ¿Verdad que no funciona un
carajo?.
Mi nieta, sin darse cuenta, me abrió anoche la
puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos
las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de
calidad menor.
Con un
teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con
incertidumbre a que el guerrero Ulises
regrese del combate.
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la
abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.
Con
telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.
Y Tom Sawyer no se pierde en el Missisipi, gracias
al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su
hermano que el lobo está yendo para allí. Y Gepetto recibe una alerta de la
escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.
Un enorme
porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en
los veinte siglos que anteceden al actual, han
tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro
y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.
Ninguna
historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes
esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa.
La historia romántica por excelencia (Romeo y
Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una
incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree
muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le
habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
..."M
HGO LA MUERTA,
PERO
NO TOY MUERTA.
NO
T PRCUPES NI HGAS
IDIOTCS.
BSO".
Y todo el grandísimo problemón dramático de los
capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la
obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del
siglo catorce hubiera existido la promoción 'Banda ancha móvil' .
Muchas obras
importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.
La
tecnología, por ejemplo, habría
desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de
García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de
una familia en donde todos tienen el mismo nick(buendia23,a.buendia, aureliano_goodmornig)
pero a nadie le funciona el Messenger.
La famosa
novela de James M. Cain -'El cartero llama dos veces'- escrita en 1934 y
llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes'
y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el
historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con
un forastero de malvivir.
Samuel
Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en
dos actos por un título más acorde a los
avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot
tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en
un páramo, la llegada de un tercero que
no aparece nunca o que se quedó sin
saldo.
En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde
contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas,
en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de
su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta
perder definición.
La bruja del
clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre 'quién es
la mujer más bella del mundo', porque el coste por llamada del oráculo sería de
1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con
preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se
cansaría. También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas
historias de solución automática.
Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de
la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas)
fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.
Todo ese
maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como
loco por la ciudad, a contra reloj,
porque su amada está a punto de tomar un
avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro
líneas.
Ya no hay ese
apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los
mares. No hay que dejar bolitas de pan
en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica
-vino a decirme anoche la Nina, sin querer- nos va a entorpecer las historias
que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho
más predecibles.
Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo
con la vida real, no estaremos
privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente?
¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado
al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?
No. Le
enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro
líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que
ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.
¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la
aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a
tiempo, un mensaje binario, una alarma.
Nuestro cielo ya está infectado de señales y
secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana
está envenenada, no vuelvo esta noche a
casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama.
Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.
Nuestras tramas
están perdiendo el brillo. Las escritas, las vividas, incluso las imaginadas, porque
nos hemos convertido en héroes perezosos.
jueves, 12 de junio de 2014
domingo, 8 de junio de 2014
Marcha de los juguetes
Preciosa pieza musical de la opereta "Babes in Toyland", del compositor anglo- americano Victor Herbert (1859-1924)
sábado, 7 de junio de 2014
La ventana abierta
por Saki
Hector Hugh Munro (1870-1916) conocido por el seudónimo literario de Saki, fue un novelista y dramaturgo británico. Sus agudos y en ocasiones macabros relatos, recrearon irónicamente la sociedad y cultura victorianas en que vivió.
Esta ingeniosa "short story" es un claro ejemplo de su ácido humor.
Hector Hugh Munro (1870-1916) conocido por el seudónimo literario de Saki, fue un novelista y dramaturgo británico. Sus agudos y en ocasiones macabros relatos, recrearon irónicamente la sociedad y cultura victorianas en que vivió.
Esta ingeniosa "short story" es un claro ejemplo de su ácido humor.
-Mi tía bajará
enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-;
mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se
esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar
debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que
esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de
alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
-Sé lo que ocurrirá
-le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-:
te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán
peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación
para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran
bastante simpáticas.
Framton se preguntó
si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de
presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce a muchas
personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre
ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo
Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me
dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última
declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe
prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su
dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría
casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia
masculina.
-Su gran tragedia
ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia?
-preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera
de lugar.
-Usted se preguntará
por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo
la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor
para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con
la tragedia?
-Por esa ventana,
hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a
cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al
terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera.
Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que
antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca
encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del
relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente
humana.
-Mi pobre tía sigue
creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba,
y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana
queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces
me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el
brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie,
por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente.
Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación
de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...
La niña se
estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto
pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya
sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas
muy interesantes -respondió Framton.
-Espero que no le
moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido
y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen
entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres
alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes
los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando
alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las
perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso
resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a
medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba
cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se
extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era
por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico
aniversario.
-Los médicos han
estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de
agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que
abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente
desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos
detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con
respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora
Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión
revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton
estaba diciendo.
-¡Por fin llegan!
-exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta
los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció
levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar
su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta
y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus
venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro
crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana;
cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga
adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado
spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó
una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?"
Framton agarró
deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el
portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un
ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque
inminente.
-Aquí estamos,
querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-:
bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe
no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo,
un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de
sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al
llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido
a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros
le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un
cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada,
con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima
de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin
previo aviso era su especialidad.
Palíndromos
martes, 3 de junio de 2014
Gabinete ingenioso
Este gabinete es uno de los logros más distinguidos en la industria de la mueblería Europea, y es el producto más importante del taller de Abraham y David Roetgen´s (siglo XVIII). Este escitorio, coronado por un reloj de carillón, cuenta con paneles de marquetería y mecanismos de funcionamiento que permiten que las puertas y los cajones se abran de forma automática al presionar un botón. Es una magnífica creación, especialmente si tenemos en cuenta que fue fabricada más de 200 años atrás.
Propiedad del Rey Frederick William II, es único en diseño, funcionamiento y tamaño. Se encuentra en Berlín, en el Museo Metropolitano de Arte, en la sección Invenciones Extravagantes.
Palíndromos
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lunes, 2 de junio de 2014
Casa Galíndez
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Postales de Córdoba
Juegos de niños
Fotografía del óleo "Jeux d´enfants" del pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo, (siglo XVI), y en el cual se retrata un repertorio de 86 juegos populares infantiles de la época, llevados a cabo por 246 personajes diferentes.
A la manera de Federico García Lorca....
En este genial poema de “Antología
Apócrifa”, Conrado Nalé Roxlo parodia, con sutil ironía, al García Lorca del “Romancero
Gitano”.
Crimen y justificación
de Antoño Retoño
“Antoño Retoño mató a su mujer
con siete pistolas y un alfiler;
le sacó las tripas, las llevó a vender;
-¡a siete reales, son de mi mujer!”
(Anónimo)
Antoño Retoño viene
por los prados de
tomillo
moviendo con sus
canciones
las copas de los olivos.
Viene alegre porque
ignora
que está listo su
destino
a mezclar aguas de muerte
de su sangre al rojo
vino.
- ¿Qué hiciste Antoño en
tu casa?
¡Preparaste tu martirio!
Ya están alzando en la
plaza
una horca de dos pisos.
Te buscan guardias
civiles
por ventas y por
caminos,
que llevan orden de Prim
de traerte muerto o
vivo.
-De todo lo que me pase
a mí se me importa un higo,
que soy Antoño Retoño
cuñado de un arzobispo,
y tengo una entrada al
cielo
firmada por Jesucristo.
-¡Ay, Antoño, no blasfemes!
Más te valiera ser
tísico
o tener una chumbera
floreciendo en el
ombligo,
que toda la villa dice
que no eres un buen
marido.
-¡De villas murmuradoras
se me importan tres
pepinos!
Mi mujer va por el cielo
con un hermoso vestido
de randas y lentejuelas,
lleva un pañolón tejido
con rosas y cacahuetes,
que ha de costar un
sentido.
y el Primado de Toledo
le da aire con su
abanico.
Le llevan la cola siete
ángeles de azucarillo,
y, porque no pise el
suelo,
un capote le han tendido
con un trocito del cual
se piensa hacer San Basilio
un relicario muy mono
bordado en cuentas de
vidrio.
Si yo le saqué las
tripas
ése es un asunto mío;
que tripas de la mujer
son las tripas del
marido,
y las cosas de mi hogar
yo solo las determino.
-Ya se lo dirás al juez.
-No será el juez tan
cretino
para en las vidas ajenas
andar metiendo el
hocico.
Pero si mucho pregunta,
por no ser descomedido,
le diré cómo pasaron
las cosas, en mi
sentido.
Yo tengo siete pistolas,
que siempre las he
tenido,
y las llevo en la
cintura
por si algún entrometido
me mirara de reojo
o con un ojo de vidrio;
y un alfiler con que
prendo
a mi solapa el ramito
de yerba buena y
claveles
que las mozas del
partido
me dan cuando ando de
juerga
con mi amigo Lagartijo,
o con el Duque de Osuna
y otros muchachos
corridos.
Ayer salí de la venta
del Paco, ya oscurecido;
las estrellas alumbraban
el cielo recién nacido
en el que las nubes blancas
eran pañales de armiño;
la vía láctea chorreaba
como un seno primerizo
gotas de fósforo verde
sobre corderos dormidos,
y el río estiraba el
cuello
su largo cuello de
lirio,
para ver a qué jugaban
en el salón del Casino.
Yo estaba un tanto beodo,
Yo estaba un tanto beodo,
y no por causa del vino,
sino a causa de unos
versos
que me leyó Federico,
que entre cabeza y
sombrero
me andaban haciendo
ruido.
Y cuando llegué a mi casa,
Y cuando llegué a mi casa,
entre las tres y las
cinco,
hallé a mi mujer dormida
sobre cojines moriscos.
El cabello le caía
por los hombros de
jacinto
hasta los pies de una
higuera
que hay a kilómetro y
pico.
¡Nunca la viera tan
bella!
y, para mayor deliquio,
en la orla de su falda
dormían siete gatitos
verdes, azules y lilas
como pájaros teñidos.
Me quedé mirando un rato
aquel juguete tan fino,
y, como los churumbeles
-yo siempre he sido muy
niño-,
quise ver de qué manera
funcionaba el mecanismo,
y así le saqué las
tripas
por puro cientificismo.
Pistoletazos le daba
y ella devolvía gritos;
era como un juego de
ecos
que estuvieran
confundidos,
y por fin entregó el
alma
de perfume y de suspiro
cuando el alfiler de oro
le clavé cerca del
píloro.
Después le saqué las
tripas
-¡ay, qué bonito!-,
parecían de coral,
pero del coral más fino
recién sacado del mar
con algas y pescaditos.
Medirían, más o menos,
doscientos metros
cumplidos.
Y si las llevé a vender
es porque soy su marido.
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