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miércoles, 13 de enero de 2021

Mamá Cabra y los siete cabritos

Este cuento me lo leía mi papá cuando era chiquita, hace demasiado, demasiado tiempo..... Tantas veces me lo leyó, y tan a menudo, que  lo sabía de memoria. Me parece oír su voz cuando decía: "Mamá Cabra tenía siete cabritos. Eran los siete tan juguetones y traviesos que a Mamá Cabra le dolía continuamente la cabeza de tanto repetir:¡Quédate quieto, Bombín! ¡Déjate de brincar, Estrella! ¡Saltarín, no te muevas tanto! ¡Mira que me mareas, Retozón!...". Y en la vejez, cuando el tenía poco pelo y yo muchas canas, aún se acordaba. 

Este post es un homenaje para vos, querido papá.

 










martes, 15 de noviembre de 2016

Nuevas aventuras del padre Brown


Este cuento pertenece al libro de Conrado Nalé Roxlo, llamado Antología apócrifa, que, como lo indica su título, incluye relatos fingidos o escritos “a la manera de” diferentes autores.  En este caso, Nalé Roxlo copia el estilo, el tipo de argumento y los personajes del escrito británico Gilbert Chesterton (1874 – 1936).
Chesterton escribió una serie de relatos detectivescos que tenían como protagonista al padre Brown y que se encuadran dentro de la tradición del relato policial inglés, basado generalmente en una intriga que se devela gracias a las dotes deductivas del investigador.  En este cuento Nalé Roxlo rinde un homenaje a Chesterton en el que está presente cierto humor.  Este humor se debe, en gran parte, al narrador del cuento que, si bien no participa de lo que cuenta, no pierde la oportunidad de opinar sobre los personajes y los hechos.
Ilustra este post un afiche de la pelicula "Padre Brown detective", basada en el cuento "La cruz azul".


Muchas son las razones que pueden determinar a un caballero inglés a embarcarse en el puerto de Liverpool con rumbo a Australia.  No es la menos frecuente el deseo de ver a los canguros saltando en su propia salsa, pues el inglés medio carece de imaginación al extremo de tener que hacer largos viajes para tener una idea aproximada de un canguro, un templo budista o cualquier otra fantasía de Dios o de los hombres…

Ahora bien, si este inglés pertenece a la llamada clase comercial, es probable que haga ese viaje para vender a los australianos paños de Manchester fabricados por ellos mismos, pues si el inglés carece de fantasía, sabe en cambio explotar en beneficio propio la ajena.

También es posible que si este inglés, por extraña coincidencia, es una bailarina, haga el viaje para mostrar las piernas en los teatros de Melbourne y Sidney.  Pero como el padre Brown no se hallaba en ninguno de estos casos, ni tenía otras razones poderosas para ir a Australia, se dirigía acompañado por su amigo Flambeau en una clara mañana de primavera hacia la residencia campestre de Lord Brandy, situada entre las verdes colinas del condado de York.  Debía oír en confesión al viejo Lord, que se hallaba bastante grave a consecuencia de haber recibido en plena nariz la pelota que, jugando al golf, lanzara con su potente brazo el primer ministro Macdonald, lo que hizo decir a Bernard Shaw la tontería de que el gobierno laborista estaba más fuerte que nunca.

El padre Brown y Flambeau iban a pie, según su costumbre.  El curita estaba alegre, como lo demostraba el humo que se escapaba de su enorme pipa, dibujando retozonas figuras en el cielo azul de la mañana dominical.

- Mire usted – le dijo Flambeau, parándose de golpe y señalando con su grueso índice una mancha oscura y movible que se destacaba sobre lo verde de un prado.
El padre Brown se empinó sobre las puntas de los pies, hizo pantalla de la mano, miró un momento en la dirección indicada y luego echó a correr.
- ¡Padre, padre! ¿Dónde va usted?
El curita se ató la sotana a la cintura para dar mayor libertad a sus movimientos y, sin dejar de correr, le respondió:
- Amigo Flambeau: todo dedo que señala puede ser el dedo del Destino.
Flambeau inclinó la cabeza y corrió tras él.

Cuando llegaron, vieron que la mancha movible y oscura no era otra cosa que un corro de gente en torno a un hombre que yacía en la tierra.  Le hicieron sitio y un hombre se destacó del corro y le tendió la mano a tiempo que le decía:
- Llega usted como llovido del cielo, pues este es el más endiablado crimen en que me ha tocado actuar.

Era el inspector Smith, de la policía de Scotland Yard, que estimaba mucho al padre Brown desde que éste le ayudó a descubrir al sobrino de Jack, el Destripador, que también destripaba lo suyo.

El padre Brown sonrió y le dijo:
- Es verdad, Smith, llego caído del cielo; pero esto no debe extrañarle a usted, que es un cristiano viejo, pues todo lo que hay en el mundo y el mundo mismo ha caído del cielo.
- Amén – murmuró Flambeau.

. ¿Está muerto? – preguntó el sacerdote.
- Eso hemos creído de primera intención, considerando que la cabeza se halla separada del cuerpo unas quince pulgadas.
- Smith – dijo el padre Brown poniéndole una mano en el hombro -, es usted hombre sagaz y capaz de darse cuenta de una situación, por compleja que esta sea, de una sola ojeada.  Pero ¿está usted seguro de que se trata de un crimen?
- He ahí la hoz que sirvió para degollarlo.
- ¿Ha observado usted – preguntó el padre Brown, sin tomar en cuenta las palabras del policía – la forma de la nariz de este hombre, se ha fijado usted si sus ojo son redondos y están muy.- No…
- Pues dé vuelta usted esa cabeza y veamos.

Cuando un agente uniformado levantó la cabeza del decapitado y la mostró a los presentes, de todas las bocas salió el mismo grito:
- ¡Oh, un pájaro!
Efectivamente, la cabeza se parecía de un modo extraño a la de un ave, parecido que aumentaba el hecho de tener la nariz muy roja, como de ciertos papagayos de América y ciertos borrachos de todo el mundo.
- No hay crimen – dictaminó el curita -, y, si lo hay, es un crimen cuyo autor no caerá nunca en sus manos, Smith.

- No lo entiendo a usted, padre – murmuró el inspector.
- Tampoco entienden los niños de la doctrina el misterio de la Trinidad, y no por eso la Trinidad deja de ser un hecho tan evidente como la columna de Nelson o los huevos con jamón que me sirvieron de desayuno.
- Amén – murmuró Flambeau.

- ¿Quiere usted convencerse, Smith? Mire – y el padre Brown señaló a la garganta del cadáver, agregando -: ¿cómo se llama a esa clase de cuellos?
- Palomita – respondieron varios elegantes del corro.
- Muy bien.  Ahora fíjense ustedes en el jaquet de ese cadáver.  Pero así no lo pueden apreciar en toda su misteriosa significación.  Ayúdenme a quitárselo.

Cuando tuvo la prenda en la mano, pasó revista lentamente a todos los que allí estaban, y, después de detenido el examen, dijo a un joven vestido de tennisman, cuya estatura y grueso coincidían con los del muerto:
- ¿Quiere usted tener la bondad de quitarse la chaqueta y ponerse un momento este jaquet?...Bien, ahora haga el favor de alcanzarme la pipa – y diciendo esto arrojó su pipa a veinte pasos de distancia.  El joven obedeció. 

Todos los miraban sin entender.
- Hágame usted el favor de ir saltando en un pie – dijo el curita.  Y preguntó, volviéndose a los presentes:
- ¿A qué se parece?
- ¡A una golondrina!
- Exactamente.  Ahora miren hacia la derecha. ¿Qué hay?
- Un espantapájaros…
- Ni más ni menos.  Por lo tanto, Smith, no busque usted al criminal…a menos que detenga por complicidad inconsciente al camisero que le vendió este cuello, al sastre de Londres que le hizo ese jaquet, al hortelano que puso ese espantapájaros…y al Destino que le dio esa cara ornitológica.

Pero veo que no me entiende usted. Este hombre tenía cara de pájaro, lo que quiere decir que tenía también alma de pájaro, ya que, como todo el mundo sabe, la cara es el espejo del alma.  Sin darse él mismo cuenta, llevado por su íntima esencia, se ponía cuellos de palomita; por su deseo secreto o manifestado, el sastre le cortaba los jaquets sobre el molde de la cola de las golondrinas; se peinaba en forma de cresta, y, sin mayores investigaciones, con sólo ver su nariz se comprende que era aficionado al alpiste.

Sigan ustedes mi explicación. Este hombre – ave se encontró solo en el campo, su naturaleza ornitológica se impuso y posiblemente iba diciendo chiu – chirrichichiu, cuando vio el espantapájaros, se asustó y echó a correr…Lo demás está bien claro, tropezó y cayó sobre la hoz olvidada, degollándose.  Es un crimen, si usted quiere; pero un crimen cometido en defensa propia por la especie, un semihumano, como los centauros, como las sirenas que han tenido que desaparecer para dejar bien aclarada, y que no haya lugar a confusiones, la semejanza del hombre con Dios, que lo creó a su imagen.

Y el padre Brown hizo a los presentes una graciosa reverencia y se alejó del brazo de su inseparable amigo, el ex ladrón Flambeau.

sábado, 7 de junio de 2014

La ventana abierta

por Saki

Hector Hugh Munro (1870-1916) conocido por el seudónimo literario de Saki, fue un novelista y dramaturgo británico. Sus agudos y en ocasiones macabros relatos, recrearon irónicamente la sociedad y cultura victorianas en que vivió.
Esta ingeniosa "short story" es un claro ejemplo de su ácido humor.






-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.

Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.

-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.

Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.


-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.

-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.

Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.

-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.

-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.

-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.

-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.

-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.

-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?

-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.


A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.


-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...


La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.

-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.

-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.

-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?


Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.

-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.

-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.

-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?


Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.



En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?"


Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.



-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?

-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.

-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.



La fantasía sin previo aviso era su especialidad.